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EL GRITO MÍSTICO DEL ENFERMERO.
Gracias, oh Dios mío, por esas cualidades divinas que has depositado en mí: poderes sobre la vida y la muerte. Soy el bisturí, en Tu mano, que decide a quién salvar y a quién condenar. Cuando me deslizo por la piel virgen de una doncella, por la piel del verdugo, por el cuerpo tenso del profanador, me siento, en mi poder penetrante, la lanza en Tus manos. Afílame, Señor, para que sin detener mi corte, libere almas que aspiran a Ti, y condene a las que nos desagradan. Bebo de Tu sangre en cada corte; siento, entre las mías, tus palmas sangrantes, y soy tan Tuyo como las cruces que rasgo sobre los cuerpos desnudos. Sólo en lo impensable pienso. Sólo, como hoja afilada que clava y desgarra, y decide, Contigo, el premio o castigo. Sólo acero, alejado del cuerpo que mutilo, me uno en Tu inmensidad al destino que decide mi corte. Gracias, Dios mío, por dejarme entrar en Tus carnes y perforar Tus tejidos: Tu costado. Tus manos, Tus pies. ¡Soy el bisturí de Dios! ¡Alabado sea el Altísimo!
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