viernes, 19 de junio de 2009

DE POLÍTICA EN EL METRO.

Era un día raro y una hora extraña. El metro andaba lleno y una mujer de 50,
sentada, hablaba con otra de 30 que venía de pié.

- ¿Y tú conoces al tal Alberto?
- Sí, tiene un bigote tupido y dice que si votamos por él vamos a
tener agua y seguridad.
-¿De dónde conoces a esa maravilla?
-Pues, ¿no lo has visto colgado por todas partes?

El metro se detuvo y bajaron y subieron varias personas. Cuando arrancó, la
mujer de 30 habló:

-Señor, podría pararse más apartado, todavía hay lugar -le dijo a un
hombre sin sombrero que estaba cerca de ella y que la tocaba cada vez que el
vagón se movía. Luego le dijo a su amiga:
-Y tú ¿todavía haces caso de lo que dicen esos carteles que ensucian
la ciudad?
-Pues a quién si no hacer caso si son los delegados que ha nombrado
cada partido.
-¿Sabes qué edad tiene el tal Alberto? -preguntó la de 30- ¿En qué
casa vive,
es casado, soltero, divorciado o separado? ¿Qué coches tiene?
¿Hijos? ¿de qué edades? ¿estudian? ¿trabajan? ¿dónde?

Una señora de 70 ,sentada junto a la mujer de 50, le dijo a la de 30
mientras se levantaba:
-Señora, siéntese aquí, así podrá hablar más tranquila, a mí ni
quién me toque ya.
-Cómo cree, de ninguna manera, siga en su asiento
-Hágame caso -insistió la señora de 70- el tema que tratan me
interesa mucho y pienso que debería también interesarles a todas las
personas que van a ir a votar. Además, me encanta ir de pié, me hago la
ilusión de que alguien me mueve todavía.
Rieron las tres y la de 50 dijo:
-Pero, ¿es necesario que sepamos todo eso de los candidatos para
votarlos?
-No sólo eso sino también:
donde estudiaron,
qué grado académico tienen,
los trabajos que han publicado exponiendo sus ideas y dónde se los
puede encontrar.
en qué y en dónde trabajan, qué puesto tienen, cuánto ganan.
-No, no, ya me parece demasiado -interrumpió la mujer de 50 años.

En este punto, el metro paró en otra estación, se desocupó el asiento
contiguo al de la mujer de 50 y la de 30 casi obligó a la de 70 a volverse a
sentar. Y al sentarse, dijo la de 70 a la de 50:
-Entiendo que piense usted que tal vez sean demasiadas preguntas,
así pensaba yo también, pero ¿sabe usted lo que me decía mi marido que en
paz descanse? Me decía: "Dime, amor, si tuvieras que ir a un viaje
largo, lejos y lleno de peligros, escogerías como compañero a un desconocido
o te gustaría saber de él lo más posible..." -dio un suspiró y
continuó- Yo le aconsejo que haga caso a su amiga, las mujeres de hoy, con
el respeto que usted me merece, son más listas de lo que nosotras
éramos a los 30 años, saben mejor lo que nos conviene y tratan de asegurarse
lo más posible antes de votar. Si no pueden averiguar, si no les dicen
lo que necesitan saber, anulan su voto. No compran fruta podrida, aunque
luzca con bigotes tupidos.

Iban a reírse las tres cuando...¡Vaya frenazo que dio en ese momento el
metro! Dijeron después que porque alguien había intentado arrojarse a las
vías, que porque estaba harto. Las tres mujeres ¡claro que se asustaron! Las
dos amigas se apearon en esa estación, pero la señora de 70 años siguió
sentada en el mismo vagón, en el mismo asiento: lloraba recordando a su
marido muerto.

domingo, 24 de mayo de 2009

La tarta de cerezas

Hoy hice una tarta de cerezas de una receta que vi en la tele, no me gustó nada como quedó. En primera, al hacer la masa para la base de la tarta me equivoqué y en lugar de echar una cucharadita de sal y otra de azucar, eché dos cucharaditas de sal, y la masa quedó salada. Pero no importó, porque le eché más azucar al relleno de cerezas. Pero, la receta de la televisión decia que había que echar nata y huevos con las cerezas y así lo hice, entonces la tarta quedó como una kiche de cerezas, no no no, creo que la tarta de cerezas debe ser de cerezas y no como una kiche de cerezas. La próxima vez haré la tarta como Dios manda y no como las que ponen en la tele. Además jugué mal al golf, yo creo que fué porque la tarta no estaba rica y no pude concentrarme en el golf. Creo que cuando juegue al golf no me voy a preocupar por nada de la cocina, mejor me preocuparé por tirar bien la pelota. Ya me preocuparé por la tarta de cerezas otro dia. Mi hermana me dejó un mensaje en el teléfono diciendome que tenía que hablar muy urgentemente conmigo, yo no oí el recado hasta cuatro días después entonces la llamé y no contestó, me imaginé que estaba en un hospital, en una morgue, o algo horrible. Les llamé a todos mis otros hermanos para ver si ellos sabían algo, pero nadie sabía nada. Entonces les tuve que prometer que les llamaría si sabía algo. Por fin localicé a la susodicha, quería que le diera un número de teléfono, esa era la urgencia. Casi la mato y entonces hubiera creado una verdadera urgencia. Luego tuve que llamar a todos los otros hermanos para decirles que no había urgencia. Ellos casi me matan a mi. ¡Qué horror! Pero espero que todas las urgencias sean por un número de teléfono. Y la tarta de cerezas la haré como me de la gana y no como lo diga el cocinero de la tele, que ganas tengo de comerme una tarta de cerezas como Dios manda.

domingo, 19 de abril de 2009

UNA CARTA CAYÓ EN MIS MANOS

Esta es una carta que cayó en mis manos por pura casualidad (que es por lo que ocurren todas las cosas) Se trata de una compañera que le escribió a otra que se halla en estos momentos en Australia, y  que regresa el próximo 14 para reincorporarse al diplomado de Enseñanza continua que se da en la UNAM, Universidad Autónoma de México: "Una mirada filosófica al discurso literario (Módulo III: Mito y poesía en el pensamiento náhuatl)" 

Querida:

Procura escribirme en náhuatl pues de otro modo me temo que no podré entenderte. Nuestro nuevo profesor, Osiris Sinuhé, hace esfuerzos por hacerse comprender pero me es tan difícil entenderle que sólo me preocupa lo que opinaban del sexo los mexihcas, de lo cual hay muy poca información, aunque  el maestro prometió buscarla (Una compañera se interesó también por el mismo tema) La Leyenda de los soles es tan divertida y enigmática como tu Laberinto: no tienes nada que envidiarles. Hasta a mí me dan ganas de escribir una nueva cosmología basada en caracoles de  media cáscara y serpentinas intestinales: mi intención será comparar la información dada en mi cosmogonía con los símbolos encontrados en los vestigios arqueológicos. Desde ahora prepárate para ser capaz de alcanzar una comprensión imaginaria de los conceptos y ética desarrollados por los mexihcas. Era todo tan complicado que excepto los muy pocos que aspiraban humos extraños podían escribir y leer lo que ellos mismos pintaban. El resto, o sea prácticamente todos, no sabía ni leer ni escribir ni entendían lo que los pirados les decían. Luego llegaron los extremeños y andaluces analfabetos y se juntaron  con ellos: el resto lo dejo a tu imaginación y vivencias actuales. 

Un koala extenso.

 

 

 

 

UN CRIMEN

- Esto es un crimen –me dice mi mujer.

-¿Un crimen? –contesto.

Habíamos llegado a nuestra casa de campo después de ver una película en la ciudad. A mí me pareció infame, a ella le gustó.

Después del cine fuimos a cenar y se hizo de madrugada.

-¿Por qué las matas?

-¿Por qué? Son transmisoras de enfermedades, de bacterias, de muerte en algunos casos.

-No. Las matas porque las odias, porque te dan miedo… en último caso por llevarme la contraria.

-Desvarías –le dije- ves que no las aplasto, no las torturo, simplemente las ahogo.

Discutimos un poco más, nos acostamos e hicimos el amor. Nos olvidamos de las hormigas. Al día siguiente: yo encendí la computadora y ella prendió el fuego.

jueves, 2 de abril de 2009

SOSPECHAS 7 Y FINAL

Luz en la casa. A bajo volumen se escucha “Feelings”. Roberto y Elisabeth terminando de cenar. En la mesa dos velas que Elisabeth prende.

ROBERTO.- ¿Cuántos días llevo aquí?
ELISABETH.- Los pasados y todos los que vendrán (Pausa) ¿Te gusta?
ROBERTO.- (queda escuchando la música) Es mi preferida (Pausa) Dime, Elisabeth, ¿alguna vez te ocurre que sientes que hay dos personas dentro de ti, una que dice lo que prefiere y otra que dice que no, que es otra cosa?
ELISABETH.- Últimamente sí, me sucede.
ROBERTO.- ¿A cuál haces caso?
ELISABETH.- A la que más me gusta.
ROBERTO.- Gracias, Elisabeth. Sospechaba que no eran dos sino tres.
ELISABETH.- Ahora que lo dices, sí, deben ser tres. (Pausa) Roberto, ¿puedo pedirte algo?.. ¿lo de la vaca y el tren?
Silencio.
ROBERTO.- “Cruzaba todos los días por la pradera...
ELISABETH.- El tren se acercaba y acercaba...
ROBERTO.- Y la vaca, inmóvil, con sus ojos grandes y tibios...
ELISABETH.- Lo esperaba”.
Se extingue la música. Oscuro.

Luz en el departamento. A bajo volumen se escucha un fragmento de Don Giovanni. Armando en el teléfono marca un número.

ARMANDO.- Hola, te he estado buscando, soy Armando... ¿De viaje?.. Claro, claro, ahora lo entiendo... Pues nada, como siempre... No, ya no, solo... ¿Soldados? No, ningún soldado... Sí, un poco... ¿Tú, también? Qué bueno, me alegro... Pues sí, Ricardo, me gustaría verte... ¿Mañana por la noche? Seguro que sí. ¿A qué hora?... ¿Nueve y cuarto?... Hecho, Ricardo, te espero (cuelga y queda congelado)

Luz en la casa. Roberto y Elisabeth en el sofá, congelados. El volumen de Don Giovanni aumenta y luego va extinguiéndose al igual que lo hace la luz en ambas zonas. Oscuro total.

FIN

SOSPECHAS 6

Elisabeth queda intrigada. La luz se extingue hasta el oscuro.

Roberto baja por la escalera.

ROBERTO.- ¿Elisabeth?
ARMANDO.- No, número equivocado.
ROBERTO.- Los teléfonos están imposibles. Crees que llamas a un médico y te sale un soldado.
ARMANDO.- Nunca me ha salido un soldado.
ROBERTO.- A mí sí, dos veces.
ARMANDO.- Por tratarse de un soldado es mucho (Pausa) ¿Esperabas que te llamara?
ROBERTO.- ¿El soldado?
ARMANDO.- El soldado no, Elisabeth.
ROBERTO.- Como te lo confesé todo pensé que sí, que podía ser ella.
ARMANDO.- Ella no sabía o ¿sabe?
ROBERTO.- Bueno, sabe unas cosas pero otras no.
ARMANDO.- Claro, hace un momento dijiste que había algo más.
Silencio.
ARMANDO.- Parece que no estás contento, Roberto, y yo así...
ROBERTO.- El departamento es tuyo ya lo sé. Si es eso lo que te molesta me puedo ir.
Silencio.
ARMANDO.- No, no se trata del departamento, es algo más reciente, algo que he pensado. Imagínate que yo te asesinara ¿Qué harías?
ROBERTO.- ¿Ya asesinado?
ARMANDO.- Bueno, que pensara matarte y no lo hiciera, ¿qué harías?
ROBERTO.- No se me ocurre nada, tal vez llamaría a alguien, no lo sé. ¿Cómo sabes que no lo harías?
ARMANDO.- Eso es lo de menos. ¿A quién llamarías? ¿Puedes decírmelo? ¿Tal vez a Elisabeth?
ROBERTO.- Tal vez (Pausa) A lo mejor me salía otro soldado.
ARMANDO.- Serían muchos, no. Supongamos que contestara Elisabeth en persona. ¿Qué le dirías?

Suena el teléfono. Los dos se sorprenden. Roberto contesta.

ROBERTO.- ¿Bueno?... No, está equivocado... No se preocupe (Cuelga)
ARMANDO.- Era Elisabeth, no mientas. Habérselo dicho ahora. A estas alturas debe estar muy desilusionada de ti, la traicionaste.
ROBERTO.- Sabes que no me gustan las bromas largas y ésta dura demasiado ¿no crees?
ARMANDO.- Creo que tienes que decírselo a ella.
ROBERTO.- No sé que quieres insinuar, pero voy a decirte algo. Lo que tenga que decirle a Elisabeth se lo diré en persona, no me gustan los teléfonos.
ARMANDO.- Por los soldados. Te entiendo.
Oscuro.

Luz en la casa. Elisabeth y Nora están sentadas.

NORA.- ¿Por qué no me lo dijiste? Era muy sencillo.
ELISABETH.- Ya no lo es.
NORA.- ¿Ha cambiado algo?
ELISABETH.- Tú has cambiado, Nora.
NORA.- He cambiado ahora, después de saber que era mentira. ¿Cómo pudiste hacerlo?
ELISABETH.- No aguantaba más.
NORA.- Qué es lo que no aguantabas.
ELISABETH.- Al principio creí que era yo, me sentía nerviosa. Luego vino lo de la carne y me di cuenta que eras tú. No entendía (Pausa) Algo estaba ocurriendo, no eras la misma, eso pensaba, y fue cuando se me ocurrió probarte. Reconoce que cambiaste.
NORA.- Yo fui la culpable de que la espaldilla dejara de gustarte, ¿eso quieres decir?
ELISABETH.- La espaldilla y luego la falda. Me sentí muy rara y fui con Roberto (Pausa) Me gustaban sus poesías, ¿te acuerdas?
NORA.- Sólo la de la vaca y el tren, aunque no la entendí.
ELISABETH.- Me encantó. El tren se acercaba y se acercaba...
NORA.- Y la vaca inmóvil, con sus ojos grandes y tibios... ¿qué puede significar? Creo que por eso no la entendí (Pausa) Pero ahora...
ELISABETH.- Ahora ¿qué?
NORA.- Todo empieza a tener sentido... la vaca, el tren...
ELISABETH.- Y Rocío. ¿Te das cuenta verdad?
NORA.- Eso fue después.
ELISABETH.- No, Nora, fue antes, por eso quise probarte.
Silencio
NORA.- Ya pasó.
ELISABETH.- Es muy tarde.
NORA.- ¿Qué quieres decir?
ELISABETH.- (ve su reloj) Que son casi las dos de la mañana y tampoco quiero que te vayas así.
NORA.- ¿Me estás echando de tu casa?
ELISABETH.- Mañana. Ya tienes adonde ir. Llámala y se lo cuentas todo. Rocío es muy lista, te comprenderá.
Oscuro.

Luz en el departamento. Armando y Roberto están como quedaron en su escena anterior.

ROBERTO.- No, no me entiendes. No se trata de los soldados, se trata de ti y de Ricardo. No, no digas nada. Son cosas que se sienten, de nada sirve hablar.
ARMANDO.- Quizá no lo entiendas, Roberto, como yo no entiendo lo de los soldados (Pausa) Dime, ¿nunca te pasa que sientes que hay dos personas en ti?
ROBERTO.- Eso es muy común. Sucede por temporadas.
ARMANDO.- Ésa debe ser la mía. Hay en mí dos personas distintas, uno y el otro. Se preguntan y se responden, una dice que prefiere algo y la otra responde que no ¿me entiendes?
ROBERTO.- Una dice lo que prefiere y la otra dice que es otra cosa.
ARMANDO.- Sí, eso es.
ROBERTO.- ¿Y tú a quién le haces caso?
ARMANDO.- Ese es mi problema, Roberto, que no sé quién soy yo... ¿soy el uno o soy el otro? Necesito que tú me lo aclares.
ROBERTO.- Ya es tarde, Armando (ve su reloj) Van a ser las tres, las tres de la madrugada.
ARMANDO.- No importa.
ROBERTO.- Sí importa. No quiero irme a estas horas, hace frío
Silencio.
ROBERTO.- Mañana me iré, dejaré tu departamento, quedarás libre.
Silencio.
ARMANDO.- ¿No se te antoja un baño de tina? ¿Una última taza de café?
ROBERTO.- No, Armando, gracias (inicia su subida por la escalera) Me voy.
ARMANDO.- ¡Espera!.. ¿Tienes a dónde ir?
ROBERTO.- Tú debes saberlo (sigue subiendo por la escalera)

Mientras se hace el oscuro se escucha “y entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde”. La música se extingue

Luz en la casa. A bajo volumen se escucha “Feelings”. Roberto y Elisabeth terminando de cenar. En la mesa dos velas que Elisabeth prende.

martes, 31 de marzo de 2009

SOSPECHAS 5

Luz en el departamento. Nora y Armando están tomando de sendas copas.

NORA.- Los dos mienten.
ARMANDO.- Sí los dos mienten (Pausa) ¿Y ella no sospechó nada?
NORA.- Se lo dije muy disfrazado. La vi intrigada pero no sospecha nada, estoy segura.
Silencio.
ARMANDO.- ¿Dices que ya conseguiste la sustancia?
NORA.- Hidroponía.
ARMANDO.- ¿Qué?
NORA.- Una doctora homeópata amiga me la ha conseguido.
ARMANDO.- Con chochitos va a tardar mucho en morir, ¿no?
NORA.- Mi amiga la cultiva en su patio, tiene una instalación hidropónica a prueba de sospechas. Se trata del polen de una flor oriental. Mata rápido sin dejar rastro. Le dije que quería deshacerme del perro.
ARMANDO.- ¿Qué perro?
NORA.- Roberto.
Silencio.
ARMANDO.- ¿Se disuelve en el café?
NORA.- En el café y en el café con leche. No tiene pérdida (Pausa) ¿Cómo te sientes?
ARMANDO.- Me sentiría mejor si Roberto no me engañara, si fuera franco, eso me daría a mí más libertad. Es eso lo que más me duele, su hipocresía.
Silencio.
NORA.- ¿Tú crees en lo de la causa y el efecto?
ARMANDO.- Siempre he creído, ¿tú lo dudas?
NORA.- Lo dudaba, pero Elisabeth me lo ha confirmado, muerto el perro se acaba la rabia. ¿No dicen eso?
ARMANDO.- No te entiendo.
NORA.- No importa. Lo que importa ahora es que estés dispuesto.
Silencio.
ARMANDO.- Va a ser en tu casa.
NORA.- Debe ser aquí, en tu departamento.
ARMANDO.- Pero tú tienes la sustancia esa, el polen.
NORA.- Te la he traído. No tienes más que darle el café, es todo (le entrega una bolsita)
ARMANDO.- ¿Todo?
NORA.- Para el perro una cucharadita. Para Roberto cuatro, pienso yo.
ARMANDO.- Sí, cuatro o cinco estará bien.
Silencio.
ARMANDO.- Por lo menos deberías ayudarme con el cadáver, ¿Qué hago con él?
NORA.- Sulfúrico. Ya encargué tres botellones. Te los traerán uno a uno, pesan. Para evitar sospechas dije que eran para mí, para limpiar el patio.
ARMANDO.- ¿Usas sulfúrico?
NORA.- Me dijeron que usara un ácido y ése es el que tienen (Pausa) Llenas la tina y lo metes dentro, en unas horas quedará disuelto. Luego abres el desagüe.
Silencio.
ARMANDO.- No podré.
NORA.- ¿No que estabas decidido?
ARMANDO.- No podré subirlo, se ponen tiesos y él siempre toma el café aquí. Mejor en tu casa.
NORA.- No es mi casa. La casa es de Elisabeth. Allí es más arriesgado.
Silencio.
NORA.- Mira, te ayudaré. Cuando se entiese, enciendes y apagas tres veces la luz. Subo, lo abrigamos y entre los dos lo sacamos en tu coche y lo tiramos.
ARMANDO.- ¿Y el sulfúrico?
NORA.- Olvídate, es más engorroso. Mejor así.
ARMANDO.- No me parece tan sencillo pero si ya lo pensaste, adelante (Pausa) Me hubiera gustado matarlo yo mismo, estrangularlo, pero creo que es mejor el polen de tu amiga homeópata.
NORA.- Sí, es mucho mejor (Pausa) Bueno, ya me voy, no sea que Roberto me encuentre aquí y sospeche. Acuérdate de apagar y encender la luz tres veces.

Nora se pone el abrigo y empieza a subir por la escalera.

ARMANDO.- Oye, ¿y si se va la corriente?
NORA.- (desde la escalera) Con una vela. Adiós (sale)

Armando va a un cajón y saca dos velas.

ARMANDO.- (para sí) Por si una falla.
Oscuro.

Luz en el departamento. Roberto está en bata de casa, leyendo. Por la escalera baja Armando con una bandeja con dos tazas.

ARMANDO.- Se me ha antojado y he preparado dos tazas, una para ti.
ROBERTO.- ¿No es muy tarde?
ARMANDO.- Depende.
ROBERTO.- De qué depende.
ARMANDO.- No creo que para esto haya un horario ¿Te resistes?
ROBERTO.- Creo que nunca podré resistir una taza de café, aún a estas horas. Nunca me ha quitado el sueño. Además, huele tan bien.
ARMANDO.- Toma, ésta es la tuya (se la da)
ROBERTO.- Déjala sobre la mesa, Quiero terminar el artículo.
ARMANDO.- ¿Tan interesante es?
ROBERTO.- Qué prisa tienes. No me esperes. Tómatelo tú.
ARMANDO.- Yo tengo mi taza.
ROBERTO.- Sí ya lo veo, tú tienes tu taza y yo la mía.
Silencio.
ROBERTO.- Lo importante no es el artículo del periódico, te engañé. Lo que quiero es hablar muy en serio contigo. Hay algo que anda mal y estos últimos días anda peor. Bueno, no sé si mejor o peor, quizá peor para unos y mejor para otros. No lo sé (toma la taza pero la vuelve a dejar) En realidad empiezo a saberlo, pero yo mismo no puedo creerlo. Te he estado ocultando algo y no me siento a gusto, además tengo miedo, miedo de que tú hagas alguna tontería.
ARMANDO.- ¿Alguna tontería? ¿Nora te ha dicho algo?
ROBERTO.- ¿Qué puede decirme Nora si yo he conservado el secreto? Y lo seguiría haciendo si no fuera porque ha surgido algo nuevo.
ARMANDO.- El café se enfría.
ROBERTO.- A veces sabe mejor. Lo importante es lo que te iba diciendo, no el café.
ARMANDO.- Entiendo.
ROBERTO.- No puedes entender nada a no ser que Elisabeth te haya contado.
ARMANDO.- No he hablado con Elisabeth.
ROBERTO.- Entonces no sabes nada.
ARMANDO.- Sólo he hablado con Nora, bueno, nada importante.
ROBERTO.- Entonces sí sabes, si has hablado con Nora puede que sepas algo. (vuelve a tomar la taza y vuelve a dejarla)
ARMANDO.- Ya debe estar frío.
ROBERTO.- No te preocupes por el café y atiéndeme.
ARMANDO.- Si te refieres a Ricardo mejor no sigas.
ROBERTO.- Yo no perdería el tiempo hablando de esa loca amanerada. Sé que te gustaba y que quizá te siga gustando pero no es eso lo que me quita el sueño.
ARMANDO.- Es el café.
ROBERTO.- Ya te he dicho que no me lo quita
ARMANDO.- Pues tómatelo de una vez.
ROBERTO.- No puedo, no podría disfrutarlo sin antes decirte lo que debo decirte (Pausa) Te he estado engañando, Armando. Aparentando lo que no es. Se trata de Elisabeth.
ARMANDO.- Puedes tomarte el café tranquilo porque ya lo sé todo, desde el principio.
ROBERTO.- No puedes saberlo, ya te lo dije. Elisabeth y yo compartimos un secreto.
ARMANDO.- No me digas.
ROBERTO.- Sí te lo digo. Elisabeth quería probar a Nora, en cierta manera darle celos, y se le ocurrió insinuar que andaba conmigo, que nos veíamos.
ARMANDO.- Que se acostaban.
ROBERTO.- No sé si nos acostábamos o dormíamos juntos, eso no lo sé (Pausa) Me pidió que lo mantuviéramos en secreto, que yo colaborara manteniendo la sospecha, y esto es lo que hice. Hasta aquí (Pausa) Ya está, esta es la verdad, toda la verdad (toma la taza y se la acerca a la boca)
ARMANDO.- ¡Espera! (toma el brazo de Roberto y hace que el café se derrame sobre él)
ROBERTO.- (sacudiéndose) Ni creas que estaba tan frío.
ARMANDO.- Quieres decir que no te estás acostando con Elisabeth.
ROBERTO.- Quiero decir que voy a cambiarme el pijama y luego seguimos hablando, porque todavía hay más (inicia la subida por la escalera)

Suena el teléfono.

ROBERTO.- (desde la escalera) Si es Elisabeth dile que no estoy, que mañana hablaré con ella para aclararlo todo (sale)
ARMANDO.- (al teléfono) Sí, bueno.
VOZ NORA.- Estoy helándome. ¿Y las señales? Por qué te tardas tanto.
ARMANDO.- Todo ha cambiado. Hay que echar el plan para atrás. No es lo que parecía ser. Roberto ni duerme ni se acuesta con Elisabeth, es inocente. Puedes irte a tu casa, te explicaré después. Ahora debo colgar (cuelga, toma una revista y se pone a leer)

Roberto baja por la escalera.