jueves, 18 de octubre de 2007

Una historia de perros




Una noche, y sin venir a cuento, nuestro perro Dino se murió, cuando mi hijo llegó a eso de la una de la mañana, nos despertó, "papá, papá Dino esta muerto" mi marido no dijo nada, yo me levanté y bajé a ver el cadaver del perro en medio del patio, empezaba a llover. Esa noche no llóré, pero no pude dormir en toda la noche, especialmente porque por la mañana tendría que enfrentarme al cadaver del perro yo sola, todos los demás se iban, unos al colegio y otros a trabajar. Y así fué, aquella mañana lluviosa, yo me levanté con el muerto en en patio, todos se habían ido. Llamé al veterinario y vino, entonces lloré, lloré porque ya tenía el problema resuelto y ahora podía llorar el dolor de haber perdido a mi querido Dino. Llamé a mi marido al trabajo llorando, " se han llevado a Dino" y lloré y lloré, Manolo me dijo, "tienes que comprar otro perrito" y la ilusión de un cachorro, me hizo sentir mejor.

Ese fin de semana la familia se reunió para votar por dos cachorros nuevos. Y aquí estan. son unos trastos de cuidado y dan mucha alegría, pero sigo llorando a mi querido Dino. La perrita se llama Kira y el chatito se llama Otis.














sábado, 29 de septiembre de 2007

EL CASO DE LOS TIRANTES ROTOS

Albino era tío de mi hermana; no era mi tío porque a la que llamo mi hermana es sólo media hermana, aunque eso no viene a cuento en esta historia.

 

Albino tenía 63 años y cada día caminaba más encorvado y chueco Unos decían que por falta de ejercicio, otros que por la osteoporosis, que por mala posición al sentarse, que por mirar siempre al suelo... En fin, que ni médicos ni parientes se ponían de acuerdo.

 

Mi madre, que era muy observadora, le preguntó un día: "¿Y tus tirantes?"  Albino se los miró y dijo.

-¿Qué tienen mis tirantes?

-Una vez dijiste que se te habían roto –dijo mi madre.

-Sí –respondió mi tío- se rompieron de un lado. Pero até las dos puntas de ese mismo lado y siguen sirviendo.

Mi madre, a la que no se le pasaba una, le preguntó.

-Oye, Albino, ¿y cuánto hace de eso?

-Unos seis años –contestó Albino sin darle mayor importancia.

 

Aquella tarde hubo reunión familiar. Mi madre les explicó a todos la causa de que Albino anduviera encorvado y chueco. Algunos esbozaron una sonrisa, otros aplaudieron, mi media hermana no quedó muy convencida. Se consultó a los médicos y ellos opinaron que efectivamente la causa del encorvamiento y chuequez  podía deberse a los tirantes rotos. Pero mi media hermana siguió insistiendo en que debíamos investigar más.

-Yo no creo –dijo- que por unos tirantes rotos ande Albino arrastrando su pellejo.

 

Como nuestra familia es unida, a los dos años se decidió llevarlo a un especialista. Se le hicieron análisis y resultó que el tío Albino lo que tenía era un cáncer en la columna en su fase terminal. Murió al poco tiempo y recuerdo las palabras de mi madre: "Si yo hubiera sido médico especialista  no me hubiera dejado llevar por los tirantes rotos. Tu hermana tenía razón". Y yo pensé: "Sí, mi media hermana tenía razón, era más lista que mi madre". Aquel mismo día recogí mis cosas y me fui de la casa. Tenía ya treinta y dos años: ya era hora.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

LEÓN Y GERVASIO

-¿León?

-¿Gervasio?

Hacía años que no se veían, que no sabían el uno del otro. Los dos estudiaron leyes en Madrid; los dos terminaron con las mejores calificaciones. El aeropuerto de Amsterdam estaba tranquilo: por la escasa gente, por lo amplio del lugar. Sólo los altavoces, de vez en cuando, interrumpían el ruido excitante que en los aeropuertos internacionales es siempre constante; ese día de bajo volumen, como el de una colmena lejana.

-¿A dónde vas? –preguntó León.

-Vengo de Pescara –contestó Gervasio que arrastraba dos maletas grandes y abultadas.

-Yo regreso a Madrid... ¡Qué casualidad! –León llevaba sólo un portafolio elegante de piel-. ¿Tienes tiempo para tomar un café?

Gervasio miró su reloj y luego comprobó la hora en uno de los múltiples relojes del amplio pasillo donde se encontraban.

-Ahí enfrente, sí. Estoy esperando a mi padre que no ha de tardar.

-¿Fumas? –preguntó León.

-Sólo de vez en cuando –contestó Gervasio.

León estaba bajo un tratamiento para dejar de fumar. "Si no deja el cigarro, su corazón empeorará, no soportará un segundo ataque", le había dicho el cardiólogo hacía apenas dos semanas.

Se sentaron a una mesa y pidieron café: León un expreso, Gervasio un americano.

-Pues te veo muy bien, Gervasio. Dime, ¿ejerces todavía en Sevilla? No he sabido de ti desde la universidad. Muchas veces... –Un acceso de tos le impidió continuar. Gervasio esperó a que su amigo se recuperara. Después dijo: "No, mi vida cambió al poco tiempo de terminar la carrera". Como vio que su amigo todavía no se recuperaba del acceso de tos, continuó.

-Mis padres estaban orgullosos de mí. Contentos pagaron los arreglos de un despacho donde yo iba a trabajar, a recompensar con mis entradas los sacrificios que los dos habían hecho para sostener mis estudios. Recuerda que yo vivía en Madrid en casa de una tía, la tía Josefa... sí te acuerdas ¿verdad? –León asintió con la cabeza. Gervasio consultó su reloj y de nuevo comprobó la hora en uno de los relojes del aeropuerto.

-Pues bien –continuó Gervasio-, al poco tiempo mi madre murió atropellada y mi padre quedó desconsolado.

-Lo siento mucho –dijo León-. ¿Sabes?... muchas veces he pensado en ti, en tu trabajo, tu clientela, los asuntos que llevabas... y me extrañaba no haber oído de ti, porque suponía que ejercías la carrera con el mismo éxito de cuando estudiábamos... pero no, nunca escuché una palabra, una referencia de tu trabajo... –Tosió repetidamente y no pudo continuar. Gervasio tomó la palabra.

-Después de la muerte de mi madre, transcurrió más de un mes sin que mi padre saliera de su tristeza. Un día me preguntó: "¿Me acompañarías en un viaje sin rumbo fijo?". Me pareció lo correcto decirle que sí y salimos de viaje.

-Pienso que fue lo correcto –dijo León, ya casi recuperado de su tos- ¿Y qué pasó cuando regresaron?

-No regresamos –contestó Gervasio- Mi padre siempre había contado cuentos, los contaba bien. También había tomado clases de mimo. Decía que sin hablar podía contar cuentos en todos los idiomas. Pasaron algunos años y fue cuando mi madre murió.

Otro ataque de tos sacudió a León. Cuando se recuperó dijo.

-¿Y, entonces?

- Viajamos por Europa durante un mes y medio, sólo caminábamos por las calles de las ciudades, apenas gastábamos, hasta que se nos acabó el dinero. Un día mi padre me dijo ¿qué tal si trato de trabajar como mimo, yo actúo y tú recoges el dinero? Todavía no sé por qué acepté, pero lo hice. Yo sentía que él no quería regresar a Sevilla.

León tosió y dijo: "Pero ¿y tu carrera?"

-Pensé en trabajar en mi carrera pero ni era fácil ni lo podría hacer en distintos países, en distintos idiomas. Así que mi padre comenzó su vida de mimo callejero y yo recogía el dinero. Siempre en ciudades con puerto, son las que le gustan a él.

En este momento, una enfermera se acercó a León y le dijo: "Señor ya está todo listo, se hace tarde, tenemos que embarcar." Lo tomó de un brazo, recogió el portafolio elegante y me miró. No se me ocurrió más que abrazar a mi amigo y besarlo; estaba seguro que jamás volvería a verlo. Creo que él lloró, no estoy seguro. Tosió otra vez y me dijo adiós con una mano. Yo miré mi reloj, comprobé la hora en uno de los muchos relojes del aeropuerto. León se alejó del brazo de la enfermera.

Al voltear la cabeza vi a mi padre que se acercaba con paso rápido. Levantó con facilidad una de las maletas y señaló la otra. La tomé y lo seguí.

-Encontré dos boletos para Bergen, pero tenemos que darnos prisa. 

 Todavía alcancé a ver a León colgado de la enfermera. Caminaban despacio hacia el lado opuesto. En el aeropuerto el ruido de fondo aumentó de volumen.

 

sábado, 22 de septiembre de 2007

MCROCUENTO

Cuando regresó, ella ya no estaba.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

CARACTERÍSTICA

El hombre es un animal lujurioso, el único capaz de enamorarse locamente.

martes, 11 de septiembre de 2007

RENACIMIENTO

En la cumbre del monte Ventoux, en el siglo XIV DC, Petrarca dice: "El
espíritu del hombre es el gran prodigio de la Naturaleza". Y todo cambió.

En el medioevo el hombre era sólo una "parte" social. Ahora será un
individuo.

El verdadero dios, más que el creador, es la Creación.

El hombre como la medida de todas las cosas, el centro del mundo.

Si estás triste, lee a Petrarca.

domingo, 9 de septiembre de 2007

Del miedo

"Obstupui, stoteruntque comae, et vox faucibus haesit"
(Me quedaré estúpido, mis cabellos se pararán y mi voz se detendrá en mi garganta)