lunes, 7 de enero de 2008
POR FIN SE ACABARON LAS FIESTAS!!!
Alguien me dijo que no tenía ilusión este año, porque la Navidad y toda su parafernalia había estado en las tiendas desde octubre.
El problema fue que me contagió la falta de ilusión y este año no tuve ninguna ilusión.
No quise comprar turrones ni todos los dulces asociados a las Fiestas porque engordan y luego tienes que pasarte todo el mes de enero, ¡qué digo enero! Febrero, marzo, abril, etc. A dieta, a ejercicio a “vivir y comer sano” que ya sabemos que es lo más aburrido que hay.
No decoré la casa, porque no quise matar un pobre arbolito que vivía tan campante en el bosque para no tener que pasarme todo el 2008 con el remordimiento de haber atacado a la Madre Naturaleza, tampoco puse luces de Navidad para no gastar la valiosa energía eléctrica que por cierto subió este año, y, mis hijos no pusieron el Belén porque no les dio la gana.
No hubo regalos porque, Santa Claus es un pagano patrocinado por la Coca cola, y los Reyes Magos que si son cristianos, son patrocinados por El Corte Inglés.
No comí roscón de Reyes por la misma razón del primer párrafo.
Y al final, ¿qué pasó?
Ahora viene la resaca, volver al trabajo y que todos me pregunten “Qué tal las Fiestas?” y que yo conteste “muy tranquilitas, en familia” Pensando, “muy jodiditas, en familia” Porque lo que a mí me hubiera apetecido hubiera sido irme a pasar unas buenas vacaciones en algún hotel elegante en Paris, Londres, etc. Cenando opíparamente en restaurantes de esos de camareros con levita, sumergiéndome en las aguas turbulentas de un SPA, con Geoge Clunny o su equivalente y olvidarme de la “tranquilidad familiar” que ya se la podrían guardar en un baúl.
El cava era eso, cava común y corriente, el succedaneo de caviar, succedaneo de angulas, succedaneo de todo lo demás, y todos esos succedaneos que engordan igual o peor que el producto verdadero, pero que no se disfruta igual, especialmente porque nunca falta la cuñada que lleva todo el año haciendo dieta y te mira con cara de asco, cada vez que te llevas el canapé a la boca. Y tú que te sientes culpable, te refugias en la comida. “Felicidades” por aquí y “Felicidades” por allí que nadie se cree porque en realidad, tu cuñada la delgada esa que si cupo en su vestido del año anterior, te mira con asco y desprecio, pero en el fondo la corroe una envidia podrida asociada con el hambre que ha pasado todo el año y está pasando ahora y más viéndote como disfrutas, o pretendes disfrutar todo lo que te estás zampando.
El Fin de Año otra “noche loca” mirando la televisión para ver la hora de tomar las uvas, que si entra en el año con el pié derecho, y allí estas, a la pata clueca como una gallina tratando de hacer equilibrio con todo el cordero que te comiste y tomando las uvas una por una pero también tienes que beberte el champagne, digo cava, con un anillo de oro dentro que para que tengas dinero todo el año y al mismo tiempo tienes que cambiarte las bragas y ponerte unas bragas rojas que para que tengas sexo todo el año, y una ya no sabe qué hacer, si el equilibrio como gallina clueca, o beberse el cava con cuidado de no atragantarse con el anillo o correr al baño a cambiarse las bragas y no dar el primer abrazo del año a todos los que están que se supone que son tus seres más queridos, unos si, otros menos.
Y por fin, los Reyes Magos, ya un poco jarto de tanta comida, tanto turrón, tanto cava y tanto de todo, según, si conseguiste cambiarte las bragas o no en el fin de año. Y te das cuenta de que no te ganaste el Gordo de la lotería, ni te gustaron los regalos, qué comiste mucho y que engordaste otro tanto, que ahora tendrás que volver a trabajar con tu ropa de gorda hasta que tu pobre cuerpo vuelva a un poco de regularidad.
Y todo ¿para qué? Para que vuelva a pasar un año entero y te vuelvan a llenar los supermercados de turrones en agosto y la televisión la llenen de anuncios de perfumes usados por modelos anoréxicas de quince años que se enamoran de esos modelos anoréxicos que tú solo verás en los anuncios.
Por fin, ya paso todo (como me dicen mis hijos cuando me pongo furiosa con ellos dándome una palmadita en la espalda) ¡Ya paso todo!.
De todos modos FELIZ AÑO
martes, 1 de enero de 2008
Madrileños
viernes, 2 de noviembre de 2007
CONEJO, POLLO, ACEITUNAS Y DUDAS
Llegué al filo del mediodía y tuve la suerte de siempre: preparaba la comida. Un conejo a la brasa y un pollo a la leña; tomates, lechuga, unos rábanos, pimientos verdes y aceitunas; para beber: vino.
Cuando tiró el hueso de la penúltima aceituna, le dije:
-¿No es curioso que todas las religiones se parezcan?
Tomó la última aceituna, se la metió en la boca, la saboreó y arrojó el hueso.
-Mira -me dijo-, se supone que salieron de África en pequeños grupos y que buscaron lugares cómodos para sobrevivir. De esos grupos nacieron otros que buscaron otros lugares y así se fue poblando la tierra. Cuando aprendieron a articular sonidos inventaron las palabras y de cada grupo nació una lengua; tan distinta de las otras cuanto era la distancia que los separaba en tiempo y en lugar.
Creyendo que mi amigo se separaba del tema, le dije:
-Sí, así entiendo que surgieron las distintas lenguas, ellas mismas se hicieron. Empezaron con onomatopeyas y siguieron con palabras simbólicas y luego de relación. Después vinieron los gramáticos y pusieron un poco de orden, y así hasta...
Mi amigo me interrumpió:
-Para allá voy, no te desesperes terminó con un muslo y arrojó el hueso-. Todos esos grupos primitivos eran ignorantes, nadie podía haberles enseñado nada puesto que eran los primeros, y cada uno de ellos, por distantes que se encontraran, cuando tuvieron un poco de tiempo, se pusieron a pensar, cosa que ya podían hacer gracias a la lengua que le había dado nombre y presencia a la naturaleza. Pensaban sobre el posible origen de las cosas que tocaban, que veían, que saboreaban, olían y escuchaban: la tierra, el aire, el agua, el trueno, el relámpago, el rayo, el fuego, las piedras, los árboles, los frutos, las semillas, la lluvia, las nubes, el mar, las olas, los ríos, las fuentes, los reptiles, los peces, las aves, las montañas, el cielo, las nubes, las estrellas, la luna, el sol, el día, la noche, las inundaciones, los terremotos, las tormentas, los huracanes, los muertos... Todos, todos los grupos primitivos observaron la naturaleza y conocieron las mismas cosas.
-Ya, ya ya. Ya sé por donde vas le dije a mi amigo-. Al conocer las mismas cosas, y teniendo cerebros iguales, no es raro que llegaran a conclusiones semejantes.
-Así es prosiguió mi amigo-, de las distintas historias que se contaban surgieron los mitos, los ritos y las distintas creencias y prácticas religiosas. ¿Te extraña, ahora, que todas las religiones tengan puntos de contacto y que, de manera un poco distinta, se repitan en todas ellas los mismos conceptos y prácticas?
Moví la cabeza, terminé mi vaso de vino, le di un abrazo y me fui. Él me acompañó hasta la parada del autobús.
Cuando llegué a mi casa me sentí un poco menos confundido. Pensé que ya tendría tiempo de volver a visitar a mi amigo para aclarar lo que todavía, probablemente, no entendía. Un hueso de aceituna cayó de mi ropa y rodó, rodó por el suelo.
jueves, 18 de octubre de 2007
Una historia de perros



sábado, 29 de septiembre de 2007
EL CASO DE LOS TIRANTES ROTOS
Albino tenía 63 años y cada día caminaba más encorvado y chueco Unos decían que por falta de ejercicio, otros que por la osteoporosis, que por mala posición al sentarse, que por mirar siempre al suelo... En fin, que ni médicos ni parientes se ponían de acuerdo.
Mi madre, que era muy observadora, le preguntó un día: "¿Y tus tirantes?" Albino se los miró y dijo.
-¿Qué tienen mis tirantes?
-Una vez dijiste que se te habían roto dijo mi madre.
-Sí respondió mi tío- se rompieron de un lado. Pero até las dos puntas de ese mismo lado y siguen sirviendo.
Mi madre, a la que no se le pasaba una, le preguntó.
-Oye, Albino, ¿y cuánto hace de eso?
-Unos seis años contestó Albino sin darle mayor importancia.
Aquella tarde hubo reunión familiar. Mi madre les explicó a todos la causa de que Albino anduviera encorvado y chueco. Algunos esbozaron una sonrisa, otros aplaudieron, mi media hermana no quedó muy convencida. Se consultó a los médicos y ellos opinaron que efectivamente la causa del encorvamiento y chuequez podía deberse a los tirantes rotos. Pero mi media hermana siguió insistiendo en que debíamos investigar más.
-Yo no creo dijo- que por unos tirantes rotos ande Albino arrastrando su pellejo.
Como nuestra familia es unida, a los dos años se decidió llevarlo a un especialista. Se le hicieron análisis y resultó que el tío Albino lo que tenía era un cáncer en la columna en su fase terminal. Murió al poco tiempo y recuerdo las palabras de mi madre: "Si yo hubiera sido médico especialista no me hubiera dejado llevar por los tirantes rotos. Tu hermana tenía razón". Y yo pensé: "Sí, mi media hermana tenía razón, era más lista que mi madre". Aquel mismo día recogí mis cosas y me fui de la casa. Tenía ya treinta y dos años: ya era hora.
miércoles, 26 de septiembre de 2007
LEÓN Y GERVASIO
-¿León?
-¿Gervasio?
Hacía años que no se veían, que no sabían el uno del otro. Los dos estudiaron leyes en Madrid; los dos terminaron con las mejores calificaciones. El aeropuerto de Amsterdam estaba tranquilo: por la escasa gente, por lo amplio del lugar. Sólo los altavoces, de vez en cuando, interrumpían el ruido excitante que en los aeropuertos internacionales es siempre constante; ese día de bajo volumen, como el de una colmena lejana.
-¿A dónde vas? preguntó León.
-Vengo de Pescara contestó Gervasio que arrastraba dos maletas grandes y abultadas.
-Yo regreso a Madrid... ¡Qué casualidad! León llevaba sólo un portafolio elegante de piel-. ¿Tienes tiempo para tomar un café?
Gervasio miró su reloj y luego comprobó la hora en uno de los múltiples relojes del amplio pasillo donde se encontraban.
-Ahí enfrente, sí. Estoy esperando a mi padre que no ha de tardar.
-¿Fumas? preguntó León.
-Sólo de vez en cuando contestó Gervasio.
León estaba bajo un tratamiento para dejar de fumar. "Si no deja el cigarro, su corazón empeorará, no soportará un segundo ataque", le había dicho el cardiólogo hacía apenas dos
Se sentaron a una mesa y pidieron café: León un expreso, Gervasio un americano.
-Pues te veo muy bien, Gervasio. Dime, ¿ejerces todavía en Sevilla? No he sabido de ti desde la universidad. Muchas veces... Un acceso de tos le impidió continuar. Gervasio esperó a que su amigo se recuperara. Después dijo: "No, mi vida cambió al poco tiempo de terminar la carrera". Como vio que su amigo todavía no se recuperaba del acceso de tos, continuó.
-Mis padres estaban orgullosos de mí. Contentos pagaron los arreglos de un despacho donde yo iba a trabajar, a recompensar con mis entradas los sacrificios que los dos habían hecho para sostener mis estudios. Recuerda que yo vivía en Madrid en casa de una tía, la tía Josefa... sí te acuerdas ¿verdad? León asintió con la cabeza. Gervasio consultó su reloj y de nuevo comprobó la hora en uno de los relojes del aeropuerto.
-Pues bien continuó Gervasio-, al poco tiempo mi madre murió atropellada y mi padre quedó desconsolado.
-Lo siento mucho dijo León-. ¿Sabes?... muchas veces he pensado en ti, en tu trabajo, tu clientela, los asuntos que llevabas... y me extrañaba no haber oído de ti, porque suponía que ejercías la carrera con el mismo éxito de cuando estudiábamos... pero no, nunca escuché una palabra, una referencia de tu trabajo... Tosió repetidamente y no pudo continuar. Gervasio tomó la palabra.
-Después de la muerte de mi madre, transcurrió más de un mes sin que mi padre saliera de su tristeza. Un día me preguntó: "¿Me acompañarías en un viaje sin rumbo fijo?". Me pareció lo correcto decirle que sí y salimos de viaje.
-Pienso que fue lo correcto dijo León, ya casi recuperado de su tos- ¿Y qué pasó cuando regresaron?
-No regresamos contestó Gervasio- Mi padre siempre había contado cuentos, los contaba bien. También había tomado clases de mimo. Decía que sin hablar podía contar cuentos en todos los idiomas. Pasaron algunos años y fue cuando mi madre murió.
Otro ataque de tos sacudió a León. Cuando se recuperó dijo.
-¿Y, entonces?
- Viajamos por Europa durante un mes y medio, sólo caminábamos por las calles de las ciudades, apenas gastábamos, hasta que se nos acabó el dinero. Un día mi padre me dijo ¿qué tal si trato de trabajar como mimo, yo actúo y tú recoges el dinero? Todavía no sé por qué acepté, pero lo hice. Yo sentía que él no quería regresar a Sevilla.
León tosió y dijo: "Pero ¿y tu carrera?"
-Pensé en trabajar en mi carrera pero ni era fácil ni lo podría hacer en distintos países, en distintos idiomas. Así que mi padre comenzó su vida de mimo callejero y yo recogía el dinero. Siempre en ciudades con puerto, son las que le gustan a él.
En este momento, una enfermera se acercó a León y le dijo: "Señor ya está todo listo, se hace tarde, tenemos que embarcar." Lo tomó de un brazo, recogió el portafolio elegante y me miró. No se me ocurrió más que abrazar a mi amigo y besarlo; estaba seguro que jamás volvería a verlo. Creo que él lloró, no estoy seguro. Tosió otra vez y me dijo adiós con una mano. Yo miré mi reloj, comprobé la hora en uno de los muchos relojes del aeropuerto. León se alejó del brazo de la enfermera.
Al voltear la cabeza vi a mi padre que se acercaba con paso rápido. Levantó con facilidad una de las maletas y señaló la otra. La tomé y lo seguí.
-Encontré dos boletos para Bergen, pero tenemos que darnos prisa.
Todavía alcancé a ver a León colgado de la enfermera. Caminaban despacio hacia el lado opuesto. En el aeropuerto el ruido de fondo aumentó de volumen.
